sábado, 12 de abril de 2014

Capítulo 22. Voy a quemarlo todo.


Nos tumbamos en dos hamacas que estaban cubierta por un gran toldo. Primero decidimos ponernos bajo el sol, pero hacía demasiado calor. Cerramos los ojos y nos quedamos calladas. Oyendo solo el ruido del viento dando en lo árboles. Se respiraba tranquilidad. Teníamos que disfrutar del último día que nos quedaba allí. Me concentraba en cada ruido, en cada olor. Desde allí, era capaz de saborear la brisa salada del mar, el relajante murmullo de las olas llegando a la orilla.

-¿Usted es la que ha asistido el parto, no? - un muchacho se acercó a mi.
-Esto.. sí. - me levanté las gafas de sol.
-Has sido muy valiente, de verdad. Enhorabuena. - me tendió la mano. No sé si me merecía tantos halagos como estaba teniendo. Cualquier persona hubiera echo lo que yo hice, solo que , en ese momento, yo fui más rápida y me di cuentas antes.
-Muchísimas gracias. - apreté fuerte su mano derecha. - yo creo que no fue para tanto.
-Bueno, a mi me parece que si. No estoy seguro si todo el mundo hubiera tenido las agallas que tú tuviste. - debería ser un poco vergonzoso. Su aspecto así lo decía. Casi no me miraba a los ojos cuando hablaba, y el movimiento de sus piernas...delataban su timidez. - por cierto, soy Esteban
-Yo Claudia, encantada. - Malú nos miraba por encima de sus gafas.
-Esto... - se empezaba a arrascar la cabeza. Joder, estaba temiendo lo que iba a decir, aunque ya me lo imaginaba. Todavía no se había percatado de la presencia de Malú. - ¿Qué te parece si quedamos esta noche para tomar algo y charlar? - pues no, no era tan vergonzoso como yo pensaba.
-No puedo, lo siento. Me voy hoy por la tarde. Me encantaría, pero que va. - le sonreí.
-Pues que pena, porque me hubiera encantado conocerte. - en ese momento, Malú se levantó y se fue. Daba unos pasos agigantados, no sabía por qué había echo eso.
-Lo siento, pero no puedo. - dije mirando como se marchaba. - Adiós. - le dije ya corriendo hacía ella.

Al llegar a ella la cogí del brazo. - Ey, ey. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te has ido? - le pregunté. Me quité las gafas y ella hizo lo mismo con las suyas. Dejando ver esos grandes ojos marrones. Unos ojos que me hipnotizaron desde el primer día. Su mirada era un inmenso abismo, en el cual una vez que caias, no podías salir. - Pues, jolin. Que ese tio te ha pedido salir en mi propia cara. - su mirada me traspasó. - Ya, ¿Y que le he dicho, Malú? ¿Acaso le he dicho que sí? No entiendo esto, de verdad. - dije seria. - ¿Porqué no le has dicho que tenías pareja, entonces? - no entendía su reacción. Hace unos instantes, estaba súper feliz y ahora ….. enfadada. Tenía la bipolaridad puesta en modo ON. - Y ¿A él que le importa si yo tengo pareja como que no? Solo quería tomar una copa y ya está, Malú. - me estaba empezando a desconcertar Este ataque de celos repentino, me ponía a mi de los nervios. - Ains, no se, amor. No me eches cuenta. No me debería haber puesto así, lo siento. - me diijo con voz de no haber roto un plato en su vida. - Aunque no me extraña que te pidiera salir, con lo guapísima que eres. - añadió. Me agarró de la cintura. A mi solo con la vocecita de antes, ya me había matado. Pero para picarla más, me crucé de brazos y no dije nada. Sabía que eso le daba demasiado coraje. Me besó, yo seguía sin inmutarme. Cual estatua. - Bueno pues nada, ea. - se giró y se cruzó de brazos ella también. Ya se había “enfadado”. Me empecé a reir. - Que es broma, tonta. - ahora fui yo quien la cogió por la cintura. Pero ahora era ella quien no hacía nada. Le besé por el hombro hasta llegar a su cuello. Dio un paso al frente. Por dentro se moría de ganas por volverse y besarme, pero su “enfado” no la dejaba. - No me echas cuenta, ¿No? - le dije. Ella negó. Pero no solo con la cabeza, sino con todo su cuerpo. Lo giró de un lado para otro. Entonces se me ocurrió una idea. Abrí sus piernas y metí mi cabeza entre ellas. De manera, que quedó sentada en mi cuello, y me levanté. - ¿Qué haces? - me agarraba fuerte del pelo. No respondí. “Bajame Claudia, por favor” no sabía si reía o lloraba, pero me hacía gracia. - Hasta la habitación. - le dije. Un sonoro “¡¿Cómo?!” casi me dejó sorda. Yo reía y ella pataleaba, para que la bajara. Pero no lo iba a conseguir. Empecé a subir las escaleras, muy despacito. Mirando cada escalón. Con una mano, agarraba la pierna de Malú y con la otra me agarraba yo a a barandilla. Algunas personas que bajaban, se quedaban mirando, pero poco me importaba. Yo seguía a la mio, y Malú a lo suyo. Suplicando que la bajara.
Al llegar a la tercera planta, no pude más. Y la solté. Mi cuello y mi espalda, no aguantaba más. Me agaché con cuidado y ella se bajó. Resopló tranquila y se colocó el bikini. Yo me apoyé en la pared, puse mi mano en el cuello y lo eché para detrás. Me dolia un poco. - Si es que, eres muy bruta. - puso su mano sobre la mía e hizo presión. Empezó a darme un pequeño masaje. - Ya. - dije poniéndome derecha. Nos fuimos a la habitación, eran ya las dos y medias, y aprovechamos para pedir algo de comer. Comimos con mucha calma, ya que hasta las cinco no abandonábamos el hotel. Queríamos pasar el mayor tiempo allí.

-Bueno, nos queda hora y media. - dijo Malú. - ¿qué hacemos?
-Yo voy a preparar en un segundo la maleta. - me levanté. Saqué la maleta del armario y la abrí. Comencé a meter con lástima cada prenda. Suspiraba cada vez que metía algo.
-¿Porqué tanta pena? Que no se acaba el mundo. - dijo riéndose.
-No, pero se acaba el mejor fin de semana de mi vida. Y me da mucha pena, jo. - puse pucheros y la miré. Se fue para su maleta. La abrió y sacó un pequeño altavoz.
-¿De donde lo has sacado? No sabía que te lo habías traído. - guardé la última prenda. La guardé cuidadosamente, y cerré la maleta. Dejando en ella los recuerdos de aquel magnífico fin de semana que había vivido. Enchufó el móvil en el aparato. Empezaron las primeras notas de “Voy a quemarlo todo”. No sabía que tenía canciones suyas en el móvil.
-Es una de mis favoritas. - dijo, y empezó a cantar. - “Frente a la pared, malditos desengaños. Aquí me veo otra vez, yo y mis lágrimas...” - se acercaba hacía a mi lentamente, moviendo su cuerpo sensualmente. “Y de llorar cada mañana, ¡Hoy puedo ver mucho mejor! - gritó. En el estribillo cogió el mando de la televisión, se subió a la cama y comenzó a saltar. Seguidos de esos movimientos alocados que hacía. Yo, desde abajo la seguía como cual fan desatada en un concierto suyo. “Guapa, guapa” hacía como que gritaba pero sin gritar. Hice los míticos “cuernos maluleros” y ella me imitó. Se movía de un lado para otro de la cama. Corriendo, andando, pegando saltos. No sé como estaba aguantando la cama. Puso la canción en modo repetición, y volvió a sonar. Esta vez al empezar a cantar, saltó sobre mi. No me lo esperaba y me di un espaldazo contra la pared. Cantábamos las dos a la vez. A pocos centímetros de nuestros labios. Saltaba hasta encima mía. Yo ponía cara como de que no me dolía, pero a veces llegaba a ser demasiado bruta. Llamaron a la puerta, cortando así nuestro momento subidón.
  • Perdone señoritas. - dijo uno de recepción – pero es que hay gente que se está quejando por el elevado ruido de la música.
  • Perdone, pero la música no hace ruido. - dijo Malú. Eso le había tocado el hígado, como ella decía. - Además, tampoco está tan alta.
  • Yo solo os digo que la teneis que quitar. - dijo serio el recepcionista.
  • No creo que sea para tanto, pero …. - repliqué yo.
  • Están avisadas, sino quieren que llame a seguridad. - ni que se fuera a caer el edificio, joder.
  • Bueno, bueno. No es para ponerse así. Ya la quitamos. - dijo Malú.
  • Gracias y buenas tardes. - dijo él.
  • Adiós. - cerré la puerta. Con lo bien que lo estábamos pasando, tenía que venir algún idiota a fastidiarlo. Ese suceso me recordó al que me pasó con mi vecina, cuando interrumpió mi “concierto” con su frase típica: No puedo escuchar la televisión.
  • Que gente por favor. - dijo Malú sentándose en la cama. Me senté a su lado. - Qué gente más “tiquismiquis” y toca pelotas, joder. - dijo a propósito gritando. Queriendo que se enteraran. - Calla, anda. - le tapé la boca y me empecé a reir.
A las cinco en punto bajamos y dejamos las llaves en recepción. Menos mal que no estaba el hombre de antes, sino era capaz de soltar alguna pullita o decirle algo. Nos fuimos a la parada , en la cual estaba estacionado el tren que nos llevaba hasta la capital onubense. En el trayecto de ida, volví a quedarme embelesada con aquellas vistas, que esperaba volver a verlas muy pronto. Malú mientras tanto, se echó en mi hombro. Yo apoyé mi cabeza en la suya. - ¿Te lo has pasado bien, mi vida? - dijo ella en voz baja. - Junto a la persona más maravillosa de este mundo, ¿Como no pasarlo bien? - respondí con una gran sonrisa. Entrelazó sus dedos con los mios y empezó a jugar con ellos. No tenía ni idea que estaba haciendo, pero me hacia mucha gracia. Entrelazaba unos con otros. - Tú pa´ acá y tú pa´ acá. - decía. - ¿Qué haces? - me reí. - He dicho que … tú para acá y .. - empezó a apretar cada vez más. - …. tú para acá. - dijo con los dientes juntos. También hacía fuerza con ellos. - Ah, ah. Malú. Que me duele. - me quejé entre risas. - Uy! Jijiji – rió divertida – lo siento. - se rió aún más. Volvió a entrelazar sus dedos a los mios. Esta vez de forma natural. A las 6 menos cuarto llegamos a la estación, y a la seis salia nuestro tren hacía Madrid. El trayecto hacía allí, se me hizo corto. Ya que, estuvimos repasando cada momento del fin de semana. Detalle a detalle. Letra a letra. Coma a coma. Cuando llegamos a Atocha, ya estaba José esperándonos con el coche.

-Claudia, querida cuñada – me abrazó. No me acostumbraba a lo de “cuñada”
-Hola, hermanita. - la saludó con la mano.
-Ah! Que bien. Se nota que te alegras de verme. - dijo Malú. En ese instante, José se fue para ella y la abrazó con fuerza. Comenzaron a saltar en el sitio. La que liaban estos hermanos no era normal. Yo los miraba con mi ataque de risa. Malú me tendió el brazo para que me uniera. Y así lo hice. Comenzamos a saltar en el sitio dando vueltas. La gente nos miraba atónita. - ¿Malú? Es Malú. - gritó una chavala que andaba por allí. Nos metimos corriendo en el coche. Aquella adolescente, de unos 16 años de edad, empezó a golpear el cristal del coche. Malú la saludó desde dentro. En el camino, le contamos a mi querido cuñado todas las anécdotas que nos pasaron. Desde el encontronazo con el individuo de Gonzalo, la tarde de puenting y el parto imprevisto en la piscina. José se quedaba boquiabierto con cada cosa que le contábamos. Llegamos a Majadahonda y lo primero que hicimos fue tumbarnos en el sofá. Tanto viaje agotaba demasiado. Malú ya estaba acostumbrada, pero yo … no. José fue a la cocina a por algo para picar. Llamaron a la puerta y fue Malú a abrir. Al hacerlo, se quedó callada. No escuché nada.
  • ¿Quién es, cariño? - me acerqué hasta la puerta. Me quedé blanca. Dios mio....no me lo podía creer. La había cagad pero bien.

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