Vaya como había empezado el fin de
semana, mareada. - Venga, que tampoco ha sido para tanto. - dijo
aquella loca dejando la maleta en la cama. Se acercó a la ventana y
divisó aquellas preciosas vistas, unas vistas que daban al mar. Un
mar que brillaba por la luz del sol. Desde nuestra habitación, se
veía a la gente muy pequeñitas. Aunque más bien solo se veian las
sombrillas. Sombrillas de todo tipo y de todos lo colores habidos y
por haber. - ¿Qué no es para tanto, Malú? - me senté en la cama.
- Te dije que me daban pánico los ascensores y tú encimas te pones
a saltar en él. - le dije echándome en la cama. - Ay, mi niña, que
tontita es, que no aguanta ni una broma. - se echó en mi y me empezó
a dar besos por toda la cara. Nariz, boca, barbilla, mofletes,
frente. No dejó ni un rastro de mi cara a salvo. - Oye, ¿Qué te
parece si estrenamos la cama, eh? - fue directa a mi oreja, en la
cual dio un pequeño mordisco. Un mordisco en su hombro fue mi
respuesta. Se sentó en mi vientre, se fue quitando lentamente la
camiseta. - Dejame hacerlo a mi, ¿No? - dije besando sus labios. Nos
deshicimos de nuestras camisetas. Mordió mi cuello, un mordisco que
hizo que me estremeciera a más no poder. Sus besos pedían más y
más intensidad. En pocos segundos nos acabamos de desvestir la una a
la otra, quedando piel con piel. Los movimientos que estaba haciendo,
hacían que me llevarán una vez más a la locura. Nos amábamos
salvajemente. Las marcas de sus dientes, se quedaban por todo mi
cuerpo. Mis dedos se perdieron en su interior, haciendo que en cada
envestida su cuerpo se arquerá más y más. Los sudores le caían
por la frente, por la espalda, por la nuca. No había cosa más
excitante que ver a Malú sudar y gemir a la vez. Apretó
fuertemente mi cabeza a su pecho, casi sin poder respirar. Sudábamos
deseo. Las ganas de más, eran cada vez mayores. Me tiró para
detrás, quedando tumbada por completo. Ella aún seguía sentada
sobre mí. Recorrio con sus manos todo mi dorso. Cerré mis ojos, no
los podía mantener abierto, al estar sintiendo lo que sentía.
Después hizo el mismo recorrido con labios, que al hizo con las
manos. Intercalando beso y mordisco. Su boca no tenía piedad. Sus
labios se pasaron por mi clavícula, saboreando mis pechos, mordiendo
mi costado, y jugando en mis oblicuos. Hasta llegar a mi intimidad,
donde su lengua bailaba excitantemente. No dejó ni un rincón de mi
ser, sin hacerlo suyo. Mientras tantos, mis manos arañaban y cogían
las sábanas, haciendo que se salieran de un lado. Empecé a sudar yo
también. Escaló por mi abdomen hasta llegar a mi boca. - ¿Sigues
mareada aún? - me besó. Cogí aire de su boca, lo necesitaba. - Sí,
pero no por el ascensor ya. Sino porque la falta de oxígeno en el
cerebro, haces que te marees. - le acaricié la espalda. Se rió. -
Llevábamos unos días que no disfrutábamos así, eh. - hacía
circulos en mi barriga. - La verdad es que no. Se echaba ya en falta.
- reimos las dos. - Pues un poco sí. - dijo Lucía entre risas. Miré
el reloj de la habitación, eran las tres y media de la tarde. Y
nosotros sin comer nada desde las siete de la mañana. - Deberíamos
bajar a comer algo, ¿No? Creo yo. - le dije. - Sí, que hay que
reponer fuerzas. - se colocó su ropa interior. - Mis fuerzas la
reponen tu mirar. - me salió del alma. Se paró y me miró. - Ay,
ay. Si es que … - acabó la frase con besos en mi cara. Me iba a
hacer un piercing en ella, de lo bruta que llegaba a ser. Me dirigí
al baño con la sábana reliadaba a mi cuerpo. - ¿Dónde vas ahora?
- gritó Malú. - Una ducha rápida, no tardo nada. - me metí en la
ducha. - Anda mira ella, me visto rápido para bajar, y ahora la
señorita se quiere duchar. Olé. - me empecé a reir. - Soy lista,
lo sé. - dije desde el interior. - Demasiado diría yo. - dijo. Al
salir del baño, me la encontré cambiada de ropa. Llevaba un bikini
y una camiseta larga, que le tapaba lo justo y necesario. En chanclas
y gafas de sol. - ¿Donde vamos? - me secaba el pelo. - Ponte lo
mismo que yo, y lo sabrás. - ya empzamos con las intrigas. Así lo
hice, me puse mi bikini y una camiseta que me llegaba por las
caderas. Bajamos hasta la cafetería del hotel, y vimos que el buffet
cerraba a las dos y media. - Vamos a un lugar mucho mejor. - me
estaba poniendo nerviosa con tanto suspense. - Pero si esto es la
playa, hija mía. - dije extrañada. - Por aquí se llega. - nada. No
decía nada. Andamos, como buenamente se podía, por la orilla del
mar. En pleno Agosto y a las 4 de la tarde, había bastante gente en
la playa. Me daba rabia el no poder pasear con ella, cogida a su mano
o agarrada a su hombro. Pero bueno, eso era lo que tenía el estar
saliendo con una de las artistas más importantes y conocidas de
España. Llevaba puesto también un sombrero, que le hacía un look
bastante sexy. Llegamos a un lado de la playa donde no había mucha
gente. - Ahí es. - señalo un chiringuito al principio de la playa.
Subimos por aquella arena, que desprendía fuego. En el chiringuito
tampoco había mucha gente, solo tres mesas, con cuatro personas en
cada una.
-Hombre. María Lucía. - salió un
hombre a saludarla. ¿La conocía? Y lo más raro, ¿María Lucía?
-Lázaro, buenas tardes. ¿Qué
tal? - le dio dos besos.
-Pues, muy bien. Y por lo que veo
tú también. - bromeó. Esa broma no me gustó nada. Se rió ella.
--Ah, mira. Ella es Claudia. - no dijo nada más. Se acercó y me dio dos besos.
-Pues sentaros que ahora voy a tomaros nota. - dijo él. Nos sentamos en una mesa al lado de un gran ventanal, donde se veía perfectamente el mar.
-¿De qué te conoce? - le pregunté.
-He venido aquí cada vez que tenía un hueco. Vengo desde hace años y ya me conocen. - se quitó el sombrero y las gafas de sol.
-Este fin de semana no puede ser más perfecto, princesa. - le dije bajito.
-Y aún nos queda este día y mañana. - me acarició el brazo.
-Bueno, que van a querer las señoritas. - dijo Lázaro abriendo una pequeña libreta.
-Dos cervezas, y una ración de sardinas. - dijo rápidamente ella. - Te gustan las sardinas, ¿No? - preguntó después de pedirlas. - Porque haber si me las voy a tener que comer yo solita. - se rió.
-Me gustan, si – dije. De repente un hombre joven, de apoximadamente 30 años, se paró frente a Malú. Se quitó las gafas de sol que llevaba.
-Hombre, Malú. Tú por aquí. - dijo aquel hombre, hasta ahora desconocido para mí.
-Gonzalo. - se asombró ella. ¿También lo conocía? Jolín.
-El mismo. - tenía un aspecto un tanto pasota. - ¿Qué tal? ¿Cómo tú por aquí? - le preguntó.
-Pues me he tomado un fin de semana de vacaciones, y … ¿Tú? - la notaba un poco incómoda con esa conversación, como queriendo salir del paso cuanto antes.
-Bien bien … has mejorado mucho, que lo sepas. Estás guapísima. - soltó sin más.
-Eh? Ah...je..gracias. - se avergonzó. Me miro de reojo. Yo miraba a los dos atónita
-Tenemos una cuenta pendiente, ¿No te acuerdas? - dijo él. - ¿Qué tal si la rematamos esta noche en mi casa con una cenita? ¿Qué te parece? - no me lo podía creer. Será … caradura. Le estaba tirando los trastos a mi chica.
-Mira … ella es Claudia. - cambió de tema.
-Ajá! Hola Claudia, guapa. - me dió dos pegajosos besos. Jolín, cuanto taraba la comida. Me estaba ya poniendo nerviosa.
-Lo siento pero no, Gonzalo. Tengo pareja, lo siento. - dijo Lucía.
-Pues que suerte debe tener. - se puso las gafas de nuevo. - Bueno, me voy, si cambias de opinión.... ya sabes donde vivo. - le sonrió y se marchó. Pero bueno.... ¿Se podría tener más cara?
-No le eches cuenta, siempre ha sido así. No cambiará. -aún yo seguía asombrada por lo que le había dicho.
-Por lo visto, tenéis una cuenta pendiente, ¿No? - la miré.
-Bueno, pero de eso fue ya hace año y pico. Pero quiero que te quede claro, que no va a pasar nada, mi amor. Confía en mí. - me cogió de la mano. En ese momento vino las sardinas y las cervezas.
-Muchas gracias, Lázaro. - dijo sonriente Malú. El hombre también le sonrió.
-Confió en ti, cariño. Y lo sabes. Pero es este prenda, que me he quedado muerta, con lo que ha soltado por esa boquita. - se rió ella. - A comer, anda. Que las sardinas frias, pierden su gracia. - cogí una y la puse en mi plato.
-Eres la mejor, gorda. Te quiero. - me miró con unos ojos que me entraron ganas de comérmelos, pero claro. No era plan de dejar ciega a la mujer más hermosa que existía en el mundo. - Yo también, princesa. - le contesté.
Al acabar de comer, nos quedamos un
rato sentadas en aquella mesa, mirando como el mar brillaba a causa
del sol. Le cogí de la mano por debajo de la mesa, me recordó a
aquella canción que versionó mi chica. “Mujer contra mujer”.
Qué bonito paisaje. Nos bajamos a la playa, y nos pusimos a andar
hasta llegar a una pequeña nadie, donde no había practicamente
nadie. Solo tres personas, pescando en la orilla. Sacó una toalla de
gran bolso, y la tumbó en la arena. - Siéntate conmigo, “por fa”
- fue la primera en sentarse. Me senté yo también a su lado, se
quitó aquella camiseta que tapaba ese cuerpo monumental. No me
acostumbrada a verla en bikini. Que perfección tenía ante mis ojos.
Me quité yo la mía. - Echamela por la espalda. - me dió la crema.
Se la eché pero de un modo especial, hice un corazón con ella en su
torso. Se encogió un poco. - Aish! Qué fría, jo. - dijo. Me empecé
a reir. - ¿Qué estas haciendo en mi espalda? - dijo volviendo su
cara hacia atrás. - Creando. - le puse la cara como la tenía en un
principio. Qué bonito le quedaba esa forma, aunque a ella le quedaba
bien todo. Se la expandí, por todo su espalda. Pasando por su
tatuaje en la nuca, sus hombros, el camino de sus vértebras, su
costado y el tatuaje que tenía al final de esta. Adelanté mis
manos, hacia su barriga, donde me quité es resto de crema que me
quedaba. - Echo, amor. - le dije. - Venga, te toca. - dijo echando la
crema en sus manos. - Ah! No. Eso si que no... yo crema no. Me da
asco. - me levanté de un salto. Se lenvantó ella también y se
acercó a mi con las manos repletas de esa sustancia pegajosa. Empecé
a correr por aquella cala desierta. Corrió también ella detrás de
mí. Menos mal que no había nada, porque vaya tela. Dos mujeres de
30 años, o un poco más, corriendo por la playa como alma que lleva
el diablo.