El despertador sonó a las 7 de la
mañana. - Vamos, vamos. - se levantó de un salto. Me empezó a
mover de un lado para otro. - Jolín, vaya una forma de despertar a
la gente, hija mía. - mis despertares no eran muy buenos, y si me
levantaban zarandeándome, menos. - Yo me esperaba un “buenos días,
mi amor” o algo normalito. - dije sentándome en la cama. - ¡Buenos
días, princesa.Que nos vamos a la playa! - chilló dando un salto en
la cama. Parecía un niña chica. Como si nunca hubiera visto el mar.
- Amor, parece que es la primera vez que vas a la playa. - me
desperecé. - Contigo, si. Por eso estoy tan feliz. - se tiró a mi
espalda. Agarrándose a mí, cual koala al árbol. La cogí, y
empezamos a dar vueltas por la habitación. Corriendo de un lado para
otro, la verdad es que yo también estaba muy feliz de ir con mi
chica por primera vez a la playa. - Venga, que a las 8 viene José a
recogernos para llevarnos a la estación. - ya habíamos preparado la
maleta el día anterior. Malú la preparó de la misma manera que se
levantó, dando saltos de alegria. - ¿Vas a hacer que tu hermano
venga, solo para llevarnos? Es muy temprano, mi vida. - le dije
mientras preparaba el café. - Déjalo, que hoy no tiene nada que
hacer – dijo apoyada de espaldas en la encimera. Sus perras ya las
tenía Vero, siempre se ofrecía a quedarselas cuando Malú no podía
o no estaba. Justo a las 8, llamó José a la puerta. - Ve a abrir
tú, cariño. Que yo voy cogiendo las maletas. - le dije mientras
subía las escaleras. - Buenos días, hermanita. - me enteré desde
la planta de arriba. Que vitalidad tenían Los Lucía por la mañana
temprano, joder. Que envidia. Y yo para que me despierte, necesito a
una banda de heavy metal a mi lado, y ni así a veces. Bajé las
escaleras con las dos maletas. No eran muy grandes, ya que solo eran
dos días. - Buenos días, querida cuñada. - me dijo con los brazos
abiertos. - Espera que te ayudo. - vino corriendo hacía a mi. Solté
las maletas en el suelo y le di un gran abrazo. - Todavía está
dormida. - dijo Lucía riéndose. Yo le sonreí, tipo: “ Ja ja ja,
que graciosa” - ¿Qué haceis por las noches para que le dejes
agotada a la pobre, eh? - dijo José dándole un codazo a su hermana.
- Eres un guarro, tio. - le di un empujón. - Así se hablo, amor
mío. - me besó, pero por poco me saca la boca por la nuca. Que
bruta era. - Oye, y ustedes, ¿Teneis pensado contarselo a vuestras
respectivas familias o no? - dijo José, metiendo las maletas en el
maletero. Malú y yo nos miramos, la verdad es que todavía no
habiamos hablado nada. No teníamos nada pensado. - No tenemos
decidido nada aún. - Malú se puso sus gafas de sol. Entramos en el
coche, y nos sentamos en el asiento trasero. Ella no se quería
separar ni un minuto de mi, y yo de ella, menos. - No sé, yo creo
que lo deberiaís decir en plan cenita y ….” mamá, Claudia y yo
somos pareja” - se rió a carcajadas. - No tiene gracia, José. -
dijo ella muy seria. Al parecer, no le había gustado el comentario.
José la miró por el retrovisor al escuchar su respuesta, yo también
la miré. Ella desvió la vista hacía el exterior de la ventana. Le
apreté la mano con fuerza. Durante el recorrido se produjo el
silencio, un silencio incómodo, en donde nadie sabe que decir ni se
atreve a hablar. Llegamos a la estación después de 30 minutos en
coche. - Perdona si te molestó lo de antes. - le dijo José sacando
su maleta. - No pasa nada. - le sonrió y le dio un abrazo. Él y yo,
también nos despedimos con uno. - ¿Qué te pasa, amor? - nos
dirigiamos al andén. Nuestro ave salía a las nueve y cuarto. En
llegar a Huelva tardaría unas 4 horas, y una vez allí nos iriamos
en autobús hasta Palos. Llegaríamos justo para irnos un rato a la
playa. - Me pasa que se me había pasado eso por la cabeza todavía,
me pasa que no sé cual será la reacción de mis padres al
enterarse. - sabía que era algo relacionado con ese tema, su cara
cambió por completo cuando José lo preguntó. - Mi amor, no te
preocupes. Yo tampoco había pensado en eso, aún. Relacionado a tus
padres pues, puede que al principio se sorpendán, normal. Pero tarde
o temprano se tendrán que acosumbrar. O quizás su reacción sea la
misma que si tú le presentarás a tu chico, eso no lo sabemos. Pero
aceptar van a tener que hacerlo, porque eres su hija. Y un padre
siempre quiere lo mejor para su hijo. Y si tú eres feliz así...pues
nada. - la intenté tranquilizar. La abracé fuertemente a mi. En
esos momentos lo que más necesitaba era eso, un abrazo. - Gorda,
espero que con esto no empeore nada entre nosotras – dijo pegada a
mi pecho. - ¿Empeorar? Al revés, lo que va a pasar es que haya un
poco de más de libertad. Que podamos hablar tranquilamente con tus
padres, sin tener que esconder nuestros sentimientos. Que si tenemos
que darnos la mano, lo hacemos. Si tenemos que besarnos, lo hacemos.
Si tenemos que decirnos te quiero, lo hacemos. No lo va empeorar,
preciosa. Ya lo verás. - en ese momento llegó el ave. Cogimos
nuestras maletas y nos subimos. Tardamos unos minutos en encontrar
nuestros asientos, pero lo encontramos. No había tocado en frente de
una madre con su hija. Una adolescente de unos 16 años, más o
menos. - Hija, ¿Qué escuchas tanto? - le dijo la madre a su hija. -
Pues Malú, mamá. - en ese instante miré de reojo a mi chica. Ella
sonrió por debajo de las gafas. Estaba muy orgullosa de ella. Con
solo 32 años, se había convertido en la artista femenina más
querida y admirada del panoráma musical español. “Vértigo”
salía desde los auriculares de aquella muchacha. Empecé a cantarla
en mi cabeza, y estaba segura de que Malú también la cantaba en la
suya. Se echó en mi hombro y se durmió un poco. Normal que tuviera
sueño, si por la noche no paraba quieta con los nervios y después
por la mañana se levantó con una energía impresionante. Aunque no
entendía tantsísimos nervios, ni que fuera a hacer su primer Palacios
de Deportes. Ni ahí tenía tantos nervios, seguro. Yo aproveché y
me puse mis cascos. Tenía a Malú en todas partes. No podía pasar
más de 1 minuto sin escuchar su voz. “Sin ti todo anda mal”
inundaba por completo mis sentidos. Ahora cada canción de ella,
decía algo de mí, de mis sentimientos, de mis pensamientos.
-Mi amor, estamos llegando. - le
dije acariciando su pelo.
-¿Ya? - dijo con los ojos aún
cerrados. - ¿Cuánto he dormido? --Pues todo el trayecto, princesa. Tenias sueño, eh. - me reí.
-Sí que tenía sí. - se frotó los ojos por encima de las gafas. Se puso bien el pelo, y se levantó.
-¿Dónde vas? - me reí.
-¿No hemos llegado ya? - se volvio a sentar.
-Te he dicho que estábamos llegando, ¿no ves que el ave se mueve aún? - mi risa iba en aumento.
-Ay, no sé. No me eches cuenta, estoy dormida todavía. - puso una voz de niña pequeña y se acurrucó a mí. La achuché fuerte.
-Ayy! Mi sonámbula. - nos reimos a carcajadas las dos.
-Tonta, cállate ya. - me dio una palmada en la pierna. Anunciaron la llegada a Huelva.
-Ahora sí, tontita. - fui a levantarme
-Pues ahora no quiero, ea. Ahora me quedo aquí. - dijo sujetándome para que no me levantara.
-No me seas gili, eh. - me volvió a dar la risa.
-Bueno venga, pero porque yo quiero, eh. Que te quede clarito. - dijo levantado el dedo índice. Se levantó ella antes. Me fui a poner en pie, y me empujó para el sillón. Me quedé mirándola y sacó la lengua. Si no fuera porque estábamos en un sitio público, le hubiera mordido toda su preciosa cara. - Pero venga, levántate, ¿No? - bromeó. Le hice una peineta. - ¿Te digo donde te vas a meter ese dedo? - me dijo
-¿Te digo dónde me los vas a meter tú? - se quedó con la boca abierta. Tapándosela con las manos.
-Guarra. - golpeó mi brazo. En verdad, le encantaban esas indirectas. Lo sabía yo.
A la salida de la estación, había un
autobús que tenía su destino en Palos. Nuestro destino. Nos
montamos y nos fuimos para el final. Ya era normal eso, de entrar en
algún lado e irnos para el final del todo. El camino hacia el
pueblo, fue precioso. Había unos paisajes muy bonitos, unos campos,
unas flores, alguna que otra casita en media del campo. Me recordó a
aquel día viendo el amanecer con mi chica. No podía apartar mi
vista de aquella estampa. Andalucía era realmente bonita, sí. Al
llegar al pueblo, y bajarnos del autobús, una brisa marina, recorrio
suavemente mi rostro. Olia estupendamente a mar, y eso que estábamos
un poco alejadas de él. Que calor hacía en el sur, por favor.
Aunque tenía que admitir que en Sevilla la calor era más pegajosa,
yo pasé un verano alli y por poco no me derrito. Andamos hasta el
hotel. A cada paso que daba, me enamoraba más de aquel bonito lugar.
De sus casitas, de sus pequeñas tiendas, de su gente, del acento,
del olor, del paisaje, de todo. Andalucía me enamoraba. Llegamos al
hotel. Un hotel muy grande, me extrañó que fuera tan grande, ya que
las casas de allí no eran muy altas. - “Buenoh díah, señorah”
- nos recibió el recepcionista con ese acento que tanto me gustaba.
- Buenos días, reservé una habitación para dos, hace unos días. -
dijo Malú aún con las gafas puestas. - Sí, dígame sus datos por
favor. - dijo él. Lucía se los dió y seguidamente le dio la llave
de nuestra habitación. La 121. Eso signicaba que teníamos que coger
el ascensor. No, dios mio, ascensor. Yo solo lo cogía, y muy poco,
para subir a mi piso. Me daban mucho miedo, más bien, pánico. -
¿Tenemos que cogerlo, no? - le dije con cara de miedo. - Hombre, mi
amor, si no quieres subir 8 plantas andando, ya me dirás tú. -
pulsó el botón de este. - Pues lo prefiero, fíjate. - le dije. -
No me digas que.... - asentí. - ¿Te dan miedo, en serio? - sonrió.
- Tengo vértigo, princesa. Las alturas, me dan más que miedo. -
miré dónde ponia por la plata que iba el ascensor. - No te
preocupes, que estás conmigo, amor. - me cogió de la mano y
entramos. Estaba solo. Eran de esos ascensores en los que hay un
cristal que puedes ver a través de él, el interior del hotel. -
Anda y encima con cristal, toma ya. - me puse de espaldas a él. -
Tranquila, tranquila. - se rió. En ese momento me acordé de la
canción que escuchaba aquella muchacha en el ave y comencé a cantar
el estribillo. Para que hice nada, me siguió ella también, pero no
solo eso. Empezó a saltar. - Para, Malú. Para. - la cogí del
brazo. No me hacía caso. Mi cara estaba descompuesta. - Por favor,
para. - llegamos a nuestra planta y paró. Menos mal. No aguantaba
más allí dentro y con la loca esta saltando. Llegué a la
habitación con la cara blanca. Y no había echo más que empezar el
fin de semana....
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