viernes, 28 de marzo de 2014

Capítulo 17. Vértigo.


El despertador sonó a las 7 de la mañana. - Vamos, vamos. - se levantó de un salto. Me empezó a mover de un lado para otro. - Jolín, vaya una forma de despertar a la gente, hija mía. - mis despertares no eran muy buenos, y si me levantaban zarandeándome, menos. - Yo me esperaba un “buenos días, mi amor” o algo normalito. - dije sentándome en la cama. - ¡Buenos días, princesa.Que nos vamos a la playa! - chilló dando un salto en la cama. Parecía un niña chica. Como si nunca hubiera visto el mar. - Amor, parece que es la primera vez que vas a la playa. - me desperecé. - Contigo, si. Por eso estoy tan feliz. - se tiró a mi espalda. Agarrándose a mí, cual koala al árbol. La cogí, y empezamos a dar vueltas por la habitación. Corriendo de un lado para otro, la verdad es que yo también estaba muy feliz de ir con mi chica por primera vez a la playa. - Venga, que a las 8 viene José a recogernos para llevarnos a la estación. - ya habíamos preparado la maleta el día anterior. Malú la preparó de la misma manera que se levantó, dando saltos de alegria. - ¿Vas a hacer que tu hermano venga, solo para llevarnos? Es muy temprano, mi vida. - le dije mientras preparaba el café. - Déjalo, que hoy no tiene nada que hacer – dijo apoyada de espaldas en la encimera. Sus perras ya las tenía Vero, siempre se ofrecía a quedarselas cuando Malú no podía o no estaba. Justo a las 8, llamó José a la puerta. - Ve a abrir tú, cariño. Que yo voy cogiendo las maletas. - le dije mientras subía las escaleras. - Buenos días, hermanita. - me enteré desde la planta de arriba. Que vitalidad tenían Los Lucía por la mañana temprano, joder. Que envidia. Y yo para que me despierte, necesito a una banda de heavy metal a mi lado, y ni así a veces. Bajé las escaleras con las dos maletas. No eran muy grandes, ya que solo eran dos días. - Buenos días, querida cuñada. - me dijo con los brazos abiertos. - Espera que te ayudo. - vino corriendo hacía a mi. Solté las maletas en el suelo y le di un gran abrazo. - Todavía está dormida. - dijo Lucía riéndose. Yo le sonreí, tipo: “ Ja ja ja, que graciosa” - ¿Qué haceis por las noches para que le dejes agotada a la pobre, eh? - dijo José dándole un codazo a su hermana. - Eres un guarro, tio. - le di un empujón. - Así se hablo, amor mío. - me besó, pero por poco me saca la boca por la nuca. Que bruta era. - Oye, y ustedes, ¿Teneis pensado contarselo a vuestras respectivas familias o no? - dijo José, metiendo las maletas en el maletero. Malú y yo nos miramos, la verdad es que todavía no habiamos hablado nada. No teníamos nada pensado. - No tenemos decidido nada aún. - Malú se puso sus gafas de sol. Entramos en el coche, y nos sentamos en el asiento trasero. Ella no se quería separar ni un minuto de mi, y yo de ella, menos. - No sé, yo creo que lo deberiaís decir en plan cenita y ….” mamá, Claudia y yo somos pareja” - se rió a carcajadas. - No tiene gracia, José. - dijo ella muy seria. Al parecer, no le había gustado el comentario. José la miró por el retrovisor al escuchar su respuesta, yo también la miré. Ella desvió la vista hacía el exterior de la ventana. Le apreté la mano con fuerza. Durante el recorrido se produjo el silencio, un silencio incómodo, en donde nadie sabe que decir ni se atreve a hablar. Llegamos a la estación después de 30 minutos en coche. - Perdona si te molestó lo de antes. - le dijo José sacando su maleta. - No pasa nada. - le sonrió y le dio un abrazo. Él y yo, también nos despedimos con uno. - ¿Qué te pasa, amor? - nos dirigiamos al andén. Nuestro ave salía a las nueve y cuarto. En llegar a Huelva tardaría unas 4 horas, y una vez allí nos iriamos en autobús hasta Palos. Llegaríamos justo para irnos un rato a la playa. - Me pasa que se me había pasado eso por la cabeza todavía, me pasa que no sé cual será la reacción de mis padres al enterarse. - sabía que era algo relacionado con ese tema, su cara cambió por completo cuando José lo preguntó. - Mi amor, no te preocupes. Yo tampoco había pensado en eso, aún. Relacionado a tus padres pues, puede que al principio se sorpendán, normal. Pero tarde o temprano se tendrán que acosumbrar. O quizás su reacción sea la misma que si tú le presentarás a tu chico, eso no lo sabemos. Pero aceptar van a tener que hacerlo, porque eres su hija. Y un padre siempre quiere lo mejor para su hijo. Y si tú eres feliz así...pues nada. - la intenté tranquilizar. La abracé fuertemente a mi. En esos momentos lo que más necesitaba era eso, un abrazo. - Gorda, espero que con esto no empeore nada entre nosotras – dijo pegada a mi pecho. - ¿Empeorar? Al revés, lo que va a pasar es que haya un poco de más de libertad. Que podamos hablar tranquilamente con tus padres, sin tener que esconder nuestros sentimientos. Que si tenemos que darnos la mano, lo hacemos. Si tenemos que besarnos, lo hacemos. Si tenemos que decirnos te quiero, lo hacemos. No lo va empeorar, preciosa. Ya lo verás. - en ese momento llegó el ave. Cogimos nuestras maletas y nos subimos. Tardamos unos minutos en encontrar nuestros asientos, pero lo encontramos. No había tocado en frente de una madre con su hija. Una adolescente de unos 16 años, más o menos. - Hija, ¿Qué escuchas tanto? - le dijo la madre a su hija. - Pues Malú, mamá. - en ese instante miré de reojo a mi chica. Ella sonrió por debajo de las gafas. Estaba muy orgullosa de ella. Con solo 32 años, se había convertido en la artista femenina más querida y admirada del panoráma musical español. “Vértigo” salía desde los auriculares de aquella muchacha. Empecé a cantarla en mi cabeza, y estaba segura de que Malú también la cantaba en la suya. Se echó en mi hombro y se durmió un poco. Normal que tuviera sueño, si por la noche no paraba quieta con los nervios y después por la mañana se levantó con una energía impresionante. Aunque no entendía tantsísimos nervios, ni que fuera a hacer su primer Palacios de Deportes. Ni ahí tenía tantos nervios, seguro. Yo aproveché y me puse mis cascos. Tenía a Malú en todas partes. No podía pasar más de 1 minuto sin escuchar su voz. “Sin ti todo anda mal” inundaba por completo mis sentidos. Ahora cada canción de ella, decía algo de mí, de mis sentimientos, de mis pensamientos.

-Mi amor, estamos llegando. - le dije acariciando su pelo.
-¿Ya? - dijo con los ojos aún cerrados. - ¿Cuánto he dormido? -
-Pues todo el trayecto, princesa. Tenias sueño, eh. - me reí.
-Sí que tenía sí. - se frotó los ojos por encima de las gafas. Se puso bien el pelo, y se levantó.
-¿Dónde vas? - me reí.
-¿No hemos llegado ya? - se volvio a sentar.
-Te he dicho que estábamos llegando, ¿no ves que el ave se mueve aún? - mi risa iba en aumento.
-Ay, no sé. No me eches cuenta, estoy dormida todavía. - puso una voz de niña pequeña y se acurrucó a mí. La achuché fuerte.
-Ayy! Mi sonámbula. - nos reimos a carcajadas las dos.
-Tonta, cállate ya. - me dio una palmada en la pierna. Anunciaron la llegada a Huelva.
-Ahora sí, tontita. - fui a levantarme
-Pues ahora no quiero, ea. Ahora me quedo aquí. - dijo sujetándome para que no me levantara.
-No me seas gili, eh. - me volvió a dar la risa.
-Bueno venga, pero porque yo quiero, eh. Que te quede clarito. - dijo levantado el dedo índice. Se levantó ella antes. Me fui a poner en pie, y me empujó para el sillón. Me quedé mirándola y sacó la lengua. Si no fuera porque estábamos en un sitio público, le hubiera mordido toda su preciosa cara. - Pero venga, levántate, ¿No? - bromeó. Le hice una peineta. - ¿Te digo donde te vas a meter ese dedo? - me dijo
-¿Te digo dónde me los vas a meter tú? - se quedó con la boca abierta. Tapándosela con las manos.
-Guarra. - golpeó mi brazo. En verdad, le encantaban esas indirectas. Lo sabía yo.

A la salida de la estación, había un autobús que tenía su destino en Palos. Nuestro destino. Nos montamos y nos fuimos para el final. Ya era normal eso, de entrar en algún lado e irnos para el final del todo. El camino hacia el pueblo, fue precioso. Había unos paisajes muy bonitos, unos campos, unas flores, alguna que otra casita en media del campo. Me recordó a aquel día viendo el amanecer con mi chica. No podía apartar mi vista de aquella estampa. Andalucía era realmente bonita, sí. Al llegar al pueblo, y bajarnos del autobús, una brisa marina, recorrio suavemente mi rostro. Olia estupendamente a mar, y eso que estábamos un poco alejadas de él. Que calor hacía en el sur, por favor. Aunque tenía que admitir que en Sevilla la calor era más pegajosa, yo pasé un verano alli y por poco no me derrito. Andamos hasta el hotel. A cada paso que daba, me enamoraba más de aquel bonito lugar. De sus casitas, de sus pequeñas tiendas, de su gente, del acento, del olor, del paisaje, de todo. Andalucía me enamoraba. Llegamos al hotel. Un hotel muy grande, me extrañó que fuera tan grande, ya que las casas de allí no eran muy altas. - “Buenoh díah, señorah” - nos recibió el recepcionista con ese acento que tanto me gustaba. - Buenos días, reservé una habitación para dos, hace unos días. - dijo Malú aún con las gafas puestas. - Sí, dígame sus datos por favor. - dijo él. Lucía se los dió y seguidamente le dio la llave de nuestra habitación. La 121. Eso signicaba que teníamos que coger el ascensor. No, dios mio, ascensor. Yo solo lo cogía, y muy poco, para subir a mi piso. Me daban mucho miedo, más bien, pánico. - ¿Tenemos que cogerlo, no? - le dije con cara de miedo. - Hombre, mi amor, si no quieres subir 8 plantas andando, ya me dirás tú. - pulsó el botón de este. - Pues lo prefiero, fíjate. - le dije. - No me digas que.... - asentí. - ¿Te dan miedo, en serio? - sonrió. - Tengo vértigo, princesa. Las alturas, me dan más que miedo. - miré dónde ponia por la plata que iba el ascensor. - No te preocupes, que estás conmigo, amor. - me cogió de la mano y entramos. Estaba solo. Eran de esos ascensores en los que hay un cristal que puedes ver a través de él, el interior del hotel. - Anda y encima con cristal, toma ya. - me puse de espaldas a él. - Tranquila, tranquila. - se rió. En ese momento me acordé de la canción que escuchaba aquella muchacha en el ave y comencé a cantar el estribillo. Para que hice nada, me siguió ella también, pero no solo eso. Empezó a saltar. - Para, Malú. Para. - la cogí del brazo. No me hacía caso. Mi cara estaba descompuesta. - Por favor, para. - llegamos a nuestra planta y paró. Menos mal. No aguantaba más allí dentro y con la loca esta saltando. Llegué a la habitación con la cara blanca. Y no había echo más que empezar el fin de semana....

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