lunes, 24 de marzo de 2014

Capítulo 15. Al alba.


Aquella noche la pasé muy mal. El dolor que sentía en el coxis no me dejaba dormir. ¿Me lo habría partido? Jolín, vaya faena. Y en la misma semana que nos ibamos a ir a la playa. - Gorda, ¿Por qué te mueves tanto? ¿Qué te pasa? - nunca había escuchado ese “gorda”. Por un momento se me olvidó el dolor. Pero una punzada, volvió a llevarme a la misma pesadilla. - Es la caída, vida mía. Todavía me da lata. - dije volviéndome a ella con mucho cuidado. - Vámonos. - dijo levantándose. ¿Ir? ¿A donde? Y a estas horas. - ¿Donde vamos,cielo? - ya se estaba vistiendo. No entendía nada. - ¿Donde va a ser? A urgencias. No puedes estar así. Que te pinchen algo para el dolor. - dijo poniéndose los zapatos. - No, no. Me tomo algo, y ya está. Anda, ven a la cama otra vez. Que son las 5 de la mañana. - dije dando golpecitos al lado de donde dormía para que viniera. - Amor, te has tomado ya dos pastillas y estas igual. Venga, que te ayudo a vestirte. - me levantó con mucho cuidado, y me quitó los pantalones, mientras yo me quitaba la camiseta. - Ay, ay. Duele. - no podía levantar mucho las piernas. - Sé que te duele, cielo. Y, ¿No quieres ir al hospital, no? Tú estás tonta. - me abrochaba los cordones de las zapatillas. - Oye, fea. - le di un golpecito en la cabeza que la destabilizó y cayó al suelo. - !!!Ay, ay, ay¡¡¡ Mi coxis, ayuda. - se empezó a revolcar por el suelo. Que le gustaba el teatro a esta mujer. - Cuando acabes el espectáculo del Circo de los Horrores, me ayudas. Pero tu tranquila, eh. Tómate tu tiempo. - al escuchar esto se levantó rápida. - Rancia, cortarollos. - se sacudía los pantalones por detrás. Le tendí los brazos y me levantó despacito. Lo más díficil era bajar las escaleras, me costaba mucho. Pero, más difíciles aún era subirlas. Iba a ver las estrellas. - Espera, un momentito. - fue al salón y, cogió lo que yo estaba pensando …. el dichoso flotador. - Toma, para el coche. - cogí el flotador y nos subimos en el coche. En salir tardamos media hora y en llegar al hospital 45 minutos. Eché una pequeña cabezada de media hora en el coche. No había pegado ojo. Al despertar, me estaba acariciando la pierna izquierda. - ¿Has podido dormir algo? - dijo sin apartar la vista de esa larga y solitaria carretera. No había un alma. - Más o menos. - dije frotándome los ojos. - ¿Cuánto queda? - le pregunté. - Poquito, vida. Poquito. - en 15 minutos llegamos al hospital. No se quitó las gafas de sol, para evitar reconocimiento alguno. Le di mis datos a la señora de recepción y, nos sentamos lo más atrás posible. En la sala había bastante gente. Alguna que otra madre con su hijo enfermo, varias en sillas de ruedas y otras tantas quejándose de sus dolencias. No me gustaban esos lugares, me daban mala espina. Pero por desgracia, nos ibamos a quedar ahí un buen rato. - Echate en mi hombro, cariño. Que después nos toca el camino de vuelta. - se echó en él. Y se durmió en nada. Que habilidad tenía la tía para dormirse. Puse mi cabeza en la suya. Los minutos fueron pasando y la sala se iba vaciando. “ Porque te vas y caigo en un abismo donde no hay salida. Porque te vas y se me acaba el mundo, y mi mundo eres tú..” Empecé a cantar bajito. Lo justo para que solo me enterara yo. - “Porque me queda en pedazos el cuerpo, el alma y la piel. No me acostumbró sin ti, yo no sé..” - al parecer ella también se había enterado. - Creía que dormias. - dije besando su pelo. - Y dormía, si. Pero tú me has despertado. - no levantó la cabeza de mi hombro. Al revés, se acomodó más. - Vaya. Pues, perdona no quería hacerlo, amor. - me disculpé. - Me encantan tus maneras de despertarme, cariñín. - sus diminutivos eran de lo más gracioso. Al cabo de estar media hora esperando, pronunciaron mi nombre por megafonía. - ¡Señotita Claudia Gonzalez Moreno, consulta 4! - lo repitió dos veces. - Nuestro turno, amor. - nos levantamos y nos dirigimos a dicha consulta.

-Pasen. - dijo el doctor al llamar nosotras a la puerta.
-Buenos días. - dijimos casi al unísino.
-Bueno, Claudia, ¿Qué le pasa? - entrelazó los dedos y puso sus manos cerradas en la mesa. Un gesto muy habitual en el mundo de los médicos.
-Pues, mire. Ayer me caí. Y al caerme, tuve la mala suerte de hacerlo de culo. Y me he echo daño en el coxis. No he podido dormir nada con el dolor. - dije.
-Levántese. - hice lo que dijo. Pero, claro, a mi ritmo. Se puso detrás mía.
-Bájese un poco los pantalones. - me quedé parada. - He visto muchos casos como estos, Claudia. No se avergüence. - me los bajé un poco. Me moría de vergüenza, ¿Por qué no podría ser una mujer?
-Vamos a ver. - me tocó el hueso varias veces. Como buscando algo. - Ya se los puede subir. - se quitó los guantes y se sentó. - Va a tener mucha suerte. No ha llegado a rompérselo, pero poco a faltado. - suspiré de alivio.
-Y entonces, ¿Por qué le duele tanto? - preguntó Malú, que hasta ahora había estado callada.
-Pues verá … - la miró y se quedó callado. Asombrado. - Tú.. tú eres Malú, ¿No? - joder, ya la había reconocido.
-Sí, si. - rió forzada.
-Mi hija te admira muchísimo, de verdad. ¿Puede firmarme un autógrafo para ella? - no salía del asombro.
-Sí, pero al final. Primero ella, que para eso estamos aquí. -
-Sí claro claro. Va a alucinar cuando diga que ha estado en mi consulta Malú con … - no acabó la frase.
-Mi prima, es mi prima. - me adelantó ella. Qué médico más cotilla.
-Bueno, pues vas a pasar allí. - señaló una puerta que, seguramente , daba a otra consulta. - Que le van a poner una inyección. Tiene que estar mínimo tres días de reposo, con antiflamatorios. - escribía mientras la receta. - Y si en ese intérvalo de tiempo, el dolor no ha cesado, venga de nuevo. -
-Vale, muchas gracias. - nos levantamos.
-¿Dónde firmo? - dijo Malú riéndose. El médico le tendió papel y boli. - ¿Cómo se llama su hija? -
-Irene. - dijo él. “Con mucho cariño para Irene. Gracias por escuchar mi música, un besote” seguida de su popular firma, que decoraba la mayoría de mis discos de ella.
-Muchas gracias. Le hará mucha ilusión. Ella dice que es... esto … ¿Malulera? ¿Puede ser? - dijo aquel hombre, estaba muy agradecido por ese gesto.
-Sí, si. Malulera. Y gracias a ella. -
-Pasamos a aquella sala, donde se encontraba una enfermera. Menos mal una mujer. - Hola, buenas. - dijo sonriente. - Buenas. - sonreí. Estaba preparando una jeringuilla. Me daban pánico las agujas. Pero, ¿Qué se le iba a hacer..? - ?¿Eres alérgica a algo? - dijo ella. - Sí, a las inyecciones. - bromeé. - Salvo a eso, nada más, ¿No? - reía. - No, no. - yo no apartaba la mirada de ese instrumento puntiagudo. - Bueno pues, bajate el pantalón. - ¿Otra vez? Jolín. El enseñar mi culo a desconocidos no me gustaba nada. Humedeció un algodón el alcohol y frotó con él, el primero de mi trasero. - Ay! - dije. - Pero si aún no te he echo nada, quejica. - carcajeó la enfermera. - Me adelanto a los acontecimientos. - reimos las tres. Ahora sí, me puso la inyección. Sentí la presión del líquido entrando en mí. Dolía un poco. Salí cojeando de allí, se me había dormido la pierna con el pinchazo. Esta vez pude montarme un poco mejor en el coche, no sé si era por el efecto de la inyección o porque me centraba más en la pierna que en el maldito hueso. Eran las 7:30 y el sol empezaba a asomar entre el horizonte. El alba allí era precioso. La carretera seguía solitaría. Estando en verano y a esa hora, no suele haber mucha gente en carretera. Que bello paisaje. Un cielo completamente despejado y anaranjado por la salida del sol. Unos pájaros que despertaban a los árboles y viceversa. Malú paró el coche en ese instante, a un lado de la carretera. - ¿Por qué paras? - pregunté extrañada. - Hay que inmortalizar este momento, ven. - me ayudó a salir. Sacó su móvil. - Este bonito paisaje, hay que tenerlo guardado. - dijo. - Sí, la verdad es que es precioso. - miré al horizonte y me apoyé como pude en el capó. - Yo lo decía por tí, amor. - me quedé sin palabras. Se apoyó un poco en mí, quedando su espalda pegada a mi cuerpo. Pasé mis brazos por su cintura, rodeamdo su cuerpo. Que mágico momento. Malú y yo, viendo amanecer en medio de la carretera. Sin nadie. Solo ella, yo y el amanecer. - Foto. - puso la cámara interna del móvil y nos la hicimos. Una bonito foto de Lucía y yo, con el sol por detrás nuestra. Amaría esa foto durante el resto de mi vida. Era perfecta. Como la mujer que salía conmigo, a la que también amaría durante toda mi vida. - Guau! Pedazo foto, mi amor. - dijo acurrucándose a mí. - Pedazo mujer la que sale a mi lado, esa si que es prefecta. - le di un besazo en la cara. - Si es que te como. Te como. - me mordió la mejilla, aumentando la fuerza del mordisco. - Ay! Para – me reí. No me hacía caso, siguió con sus dientes en mi moflete. - Para te digo. - la intenté apartar, pero nada. No hubo manera. - María Lucía Sánchez Benítez. - dije el nombre que aparecía en su DNI, su nombre al completo. - Uy! Vale, vale. Paro, jo. - se volvió a poner de espaldas a mí con los brazos cruzados. Estaba haciendo pucheros seguro. Me encantaba su lado de “enfado”. Su lado de querer hacerse la enfadada. No le salía nunca. - Oye. - le di con el dedo indice en su costado. Se encogió un poco. Sabía que tenía cosquillas ahí. - volví a repetir lo de antes, pero ahora con las dos manos. Una en cada lado de sus costillas. Le empecé a hacer cosquillas. Se retiró de mí. Poco me importó, porque fui al lado suya, pero no hice nada. Me quedé a su lado.
-Te quiero princesa. - pasé mi manos por su hombro y la atraje hacia mí. Me abrazó con fuerza. Le di otra vez en su punto débil. Se volvió a encoger.
-Para, anda. - se rió. Le hice caso, no quería que se “enfadara” de nuevo. Aunque sus enfados hacían que me derritiera un poco más por ella.
-Vale, amor. - pero se retiró de mí. - ¿Qué haces? -
-Que yo estaba enfadada contigo, no sé si lo recuerdas. - volvió con su cruces de brazos. Me empecé a descojonar.
-No te enfades, princesa. Que se entristece el sol y se vuelve a esconder. Y este amanecer es perfecto para que se apague. - le susurré. Me agarró la cara y ,me besó intensamente.
-No me puedo enfadar contigo, eh. - sus dedos acariciaban mi nuca.
-Lo sé, mi vida. - sus ojos marrones intensos me hipnotizaban. Volvimos a besarnos. Mi lengua buscaba a la suya y viceversa. El sol salió por completo. Eran ya las 8 de la mañana.
-¿Volvemos? - dijo ella. Nuestros labios se separaron.
-Volvemos.-

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