miércoles, 12 de marzo de 2014

Capítulo 9. Días de sol.


Amaneció y, allí seguiamos. De la misma forma en la que nos habiamos quedado dormidas. Yo me despertó primera, pero no la desperté. Quería seguir comtemplando aquella preciosidad que dormía sobre mí. Puse mi brazo izquierdo sobre su brazo, que descansaba en mi vientre. Con la mano derecha, empecé a jugar con su pelo, mientras que con la izquierda, recorría su brazo, desde el hombro hasta el dedo meñique. Aprendiéndome cada poro de su piel. Podría pasarme así toda mi vida. Una pequeña sonrisa se dibujó en su cara. Se estaba despertando. - Buenos días, princesa. - dije sin dejar de acariciarle. - Buenos días, mi amor. - dijo acercandose más a mí y poniendo su rostro en mi cuello. - Me haces cosquillas al respirar. - encogí mi cuello. Se rió, pero sin apartar su cara de mi punto débil. - ¿Has dormido bien? - dije. - No he dormido más bien en toda mi vida. - me encantaba la voz que tenía la voz recién levantada. - Por cierto, ¿Qué hora es? - se restregaba los ojos. Miré el reloj que tenía en el salón. - Pues son las nueve. - me restregué los mios también. - Ya va siendo hora de levantarse, ¿No? - dije incorporandose, mientras que con la mirada buscaba algo. - ¿Qué buscas? - aproveché que estaba sentada para acariciarle la espalda. Me detuve en el tatuaje de la nuca. Recorriendo con mi dedo cada letra. “ El mayor desafío de la vida es vivir”. Esa frase me llevaba acompañando media vida, igual que su música. - Pues, busco ...esto... - seguía buscando – Mis bragas. - empezó a reirse. - ¿Quien sabe? Entre tanta ropa. - me puse a su lado y besé su hombro. - JÁ! -pegué un salto. - Aquí estas, condenada – empecé a reirme a carcajadas. Se puso su ropa interior y se levantó. - “Y al final, nuestra ropa quedó desordenada...” - cantó mientras se recogía el pelo en un moño. - Tu amiga “martini”, eh – rió ante el sobrenombre que le puse a Vanesa. Me puse mi ropa interior y me fui a la ventana. - Que día más bonito hace, tan soleado – vino hacía a mí y me agarró por la cintura. - “Días de sol, días de luz...” - empezó a cantar con la boca pegada a mi espalda. - “De amaneceres teñidos de azul...”- la seguí. - “ Dias de sol, DIAS QUE SE IRÁN ...”- exageró esa última frase. - ¿Siempre te levantas así? - reí. - ¿Contigo? No. Ójala. - puso una voz infantil. - Digo de cantarina, boba. - su contestación me había llegado. - Ah! No, o sí. No sé, según por lo que me dé. - reimos. - Bueno, amor, yo me voy a la ducha, ¿Vale? - cogió del suelo su pijama. - Muy bien, yo voy preparando el desayuno. - me acabé de vestir. - La cocina está a mitad del pasillo a la izquierda. - me indicó con el dedo. Se fue a ducharse y yo a la cocina. Era también enorme, como su habitación. Preparé tostadas, zumo, café y dos piezas de fruta. Mientras que ella seguía en la ducha, aproveché para coger el móvil. Tenía un mensaje de María. “ Hola, guarri. ¿Qué tal? Desde que estas con tu Malú no te acuerdas de nadie, eh. Jajaja. Miguel se está recuperando muy bien. Cuando puedas, pásate a verle ¿Vale? Que ha preguntado por tí. Un beso, fea”

-Buenos días, marrana. - escribí. Siempre nos hablábamos así de bien.
-Hombre, la desaparecida. - rió. - Por fin aparaces, ¿Donde te metes? -
-Pues, estoy en casa de Malú. Me ha invitado a su casa a pasar el fin de semana. - puse una carita sonriente.
-Vaya, eh. Bueno, ¿Que tal? ¿Es una verdadera jefa? ….Ya habeis ….. - esos puntos suspensivos me daban miedo.
-Ya hemos, que... - contesté
-Esto... ejem ejem. Juntado vuestros cuerpos. - se puso poética y ,a la vez, cotilla.
-Jajajaja – no respondí. - ¿Qué tal está Miguel? - cambié de tema.
 -Me lo tomaré como un sí. - junto con una carita de esas sacando la lengua. - Pues mejor, ya le han quitado los cables. Afortunadamente, no le van a quedar secuelas, solo las marcas de las heridas.
-Buf! Menos mal. El lunes voy a visitarle. - había empezado mis vacaciones de verano. - Bueno, te dejo que viene mi princesa. Un beso, mongola. -
-Pasatelo bien, y no la agotes mucho, eh – puso una cara con una mirada pervertida. - Un beso, cerdi.

La ví bajar por las escaleras, que conectaban la primera planta con la segunda y, viceversa. Se estaba acabando de secar el pelo con la toalla. Estaba tan sexy con el pelo mojado. Sus pantalones cortos y la camiseta, que dejaba ver su hombro derecho, me dejaba sin respiración. Dejó la toalla abierta en una silla, y se sentó a mi lado. - Guau! Pedazo desayuno. - dijo bensandome en la cara. - Un gran desayuno, para una gran mujer. - se sonrojó y cogió su taza de café. Empezamos a devorar el desayuno. Primeramente las tostadas con el café y ,por último, la fruta con el zumo. - Estoy llena. - se desabrochó el botón del pantalón. - Para comer, una ensaladita, eh. - se echó para detrás. Me reí. - Bueno, toca mi hora de baño – cogí la bandeja con los vasos y el plato vacío. - Deja eso ahí. - me la quitó de las manos. - Ya lo recojo yo. - se levantó. - A sus ordenes, mi capitana. - hice el gesto de los soldados y me dirigí para la planta de arriba. Cogí ropa limpia, y me metí en el baño. Deposité mi pijama junto al de Malú. Me quedé mirándolos. Una sonrisa iluminó mi rostro. Mientras me duchaba, repasaba aquella expléndida noche, en la que Malú y yo, nos entregamos por primera vez. Tenía una extraña manía, y era, que antes de dormir o en la ducha, me liaba a pensar en lo vivido el dia anterior. Repasaba cada instante. La ducha me había sentado de maravilla. Salí super relajada. Me vestí de la misma forma que ella, solo que a mí no se me veía el hombro. Bajé las escaleras y no estaba allí. Miré a mi alrededor, y ví que la cristalera que daba al jardín,estaba abierta. Fui para allá, y ahí la ví. En la hamaca que había en ese inmenso jardín.

-Cariño, ¿Dónde dejo la toalla? - dije desde lejos.
-Donde quieras. - levantó las rayban para verme. Entonces la dejé en la silla de al lado de la suya.
-Que cómoda, ¿No? - me acerqué a ella.
-Si tú te echas, mejor que mejor. - se sentó. Nos pusimos como la noche anterior en la sofá. Ella sentada entre mis piernas. Las dos echadas para detrás. El olor de su pelo me cegaba. Nos quedamos calladas durante un tiempo. Escuchando el cantar de los pájaros, el sonido del viento en los árboles. Una pequeña brisa rozaba nuestra piel. Que paz se respiraba. Levanté su camiseta y empecé a acariciarle el vientre. Pero de repente, una voz, rompió aquella tranquilidad.
-Hermanita ….

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