martes, 18 de marzo de 2014

Capitulo 11. Y que pequeña soy.


Llegó el domingo por la mañana y, con él, la hora de marcharme. No quería ni deseaba tener que irme, habiendo encontrado a la mujer de mi vida. Aunque tampoco sería tanto tiempo, puesto que al día siguiente, iba a estar con ella en la sesión de fotos. Me hizo mucha ilusión el saber que quería que fuera con ella al estudio. - Jo, no quiero que te vayas. - se sentó al lado de la maleta, mientras yo la hacía. - Ni yo quiero irme, princesa. Pero mañana tienes un duro trabajo y, tienes que descansar. Además, yo tengo que cuidar de mi casa también. Voy también a aprovechar para ir a ver a mi amigo, haber que tal está. - seguía metiendo las últimas cosas. - No, no te vayas. - se enganchó a mí a modo de koala. - Amor, nos vamos a caer. - dije riéndome y sujetándola. Y así fue, di un paso en falso, cayendo las dos al suelo. Malú se empezó a descojonar. - Oye, que la hostia grande me la he pegado yo, eh. - me frotaba la cintura. Me quedé sentada en el suelo. - Haber, quejica. - puso su mano donde me dolía y, me dio un pequeño masaje. Se paró, echándose en mi hombro. Entrelacé mi mano con la suya. - Este fin de semana a sido mágico para mí. - empezó a jugar con mis pulseras. - Para mí también . - me apoyé en su cabeza. Subió su mirada hasta quedarse frente a la mía. - Cuando estoy contigo me haces sentirme especial, querida...Me haces sentirme la mejor persona del mundo. - junté mis labios a los suyos con delicadeza. Me recordó a aquel día en mi casa, cuando sus labios y los mio se juntaron por primera vez. Otro momento mágico. Cada minuto que pasaba con ella, era sin duda más mágico que el anterior. - Sintiéndolo mucho, tengo que irme, mi amor. - nos levantamos. - Pues cuando te vayas, me iré a un rincón a llorar. - di varias carcajadas. - Anda, tonta. - la abracé con fuerza. - Mañana nos vemos de nuevo, ¿Sí? - le cogí la cara y la separé un poco de mí. Nos fundimos en un abrazo y un bonito beso, antes de que me subiera al coche. - Descansa para mañana, cariño. Te quiero. - dije. - Y yo a ti. - me acarició la cara con dulzura. De camino a casa sonó mi móvil. Puse el manos libres.

-¿Sí? - contesté.
-Hija, que hace varios dias que no sé nada de tí. No te habrá pasado nada, ¿No? - era mi madre. Llevaba varios días sin hablar con ella, normal que se hubiera preocupado.
-No mamá. Estoy bien, solo he pasado el fin de semana en casa de una amiga. Y no he tenido tiempo contigo. - No le podía decir que aquella amiga era mi novia. Y encima, Malú.
-¿Te has enterado de lo de Miguel? - dijo asustada.
-Sí, me enteré. Estuve visitándole hace dos días. Y ahora cuando llegué, iré otra vez para allá. -
-Pero, ¿Dónde estás? Y, ¿Cómo es que no me lo has dicho? - dijo mi madre.
-Mamá te dije que estaba con una amiga. - elevé un poco a la vez. - Y no te lo dije porque me pilló de sopetón, y se me olvidó decírtelo.
-Oye, ¿Y qué amiga es esa? - me estaba empezando a poner nerviosa con tantas preguntas.
-Mamá una amiga, joder. No tengo quince años para que me estes controlando. -
-Bueno, tu sabrás con quien te juntas. ¿Quieres venir mañana a comer? - me preguntó
-¿Eh? ¿Mañana? - era imposible había con Malú para la sesión de fotos. - No puedo mamá, tengo muchas cosas que hacer.
-Haz un pocder, que viene el hijo de tu primo y quiere verte, pobrecito. - dijo con voz de pena.
-Mamá, no puedo, de verdad. Si me da tiempo, voy a tomarme un café, pero no te aseguro nada. - seguramente no iría, pero no se le puede decir un “no” rotundo a una madre.
-Vale, hija. ¿Has llegado ya a tu casa? -
-Estoy llegando. Si puedo ir te aviso, ¿Vale?. - no me gustaba hablar por el móvil cuando conducía.
-Venga, ten cuidado. Un besito. - se despidió. 
-Ciao. Un beso. - colgué.

Llegué a mi barrio y, vi a María y unas amigas en el bar de enfrente de mi casa. Decidí que sería buena idea tomar algo con ellas. Lo deseaba. Hacía unos días que no las veía. - Buenas chicas. - se sorprendieron al verme. “Hombre, Claudia” “Claudia, cariño. Por fin te dejas ver”. Y demás saludos que me dijeron al verme aparecer por la puerta. - Pero mira, quien está aquí. - era María. Parecían que llevaban tres meses sin verme. Y hacía escasamente cuatro o cinco días que nos vimos, celebrando mi cumpleaños. Me dio un gran abrazo. - ¿Estarás agotada, no? - me dijo al oído riéndose. Yo me reí también. - Capulla. - la separé de mí entre risas. Me senté con ellas, en la misma mesa en que estaban sentadas. - Cerveza,¿ No, Claudia? - dijo Lucía, una amiga del barrio. Asentí. - Bueno y, ¿Dónde te has metido estos días? Que no te hemos visto el pelo. - era Carmen. Una chavala de media altura, rubilla y de ojos azules intensos. Habiamos crecido juntas. - Pues he estado un poco liada y, en casa de unos familiares. - mentí. No se me daba muy bien mentir. Me empezaron a sudar las manos. - Sí, si. Liada seguro. - dijo María. Le pegué una patada por de la mesa. Puso una cara de dolor mientras se la arrascaba. Pasamos un rato muy agradable, todas juntas. Riéndonos de anécdotas y contando algún que otro cotilleo. De repente, mi cara se quedó blanca. Mi mirada se clavaba en alguien. Alguien que no veía desde hacía tiempo. Alguien con quien había pasado los peores años de mi vida. Alguien a quien guardaba tanto rencor, que ni yo creía que fuera capaz de tenerlo. Era mi padre. ¿Qué hacía allí?

-Chicas, yo me voy a ir llendo, lo siento. - dije levantándome.
-¿Estás bien, Claudia? - dijo María cogiendome del brazo.
-Sí, si. Solo es que tengo un poco de prisa. Me he acordado de que tengo cosas que hacer – volví a mentir. La única cosa que tenía que hacer era, salir de allí.
-¿Quieres que te acompañe? - volvió a preguntar.
-No,no. Gracias. Nos vemos chicas. - me despedí de cada una de ellas y, salí de allí. Al salir, noté como alguien tiraba de mi brazo. - Hija. - era él. Mi padre.
-¿Cómo te atreves a llamarme así? - me solté bruscamente. Sin mirarle. Andé de nuevo, cuando me volvió a parar.
-Espera, por favor, quiero hablar contigo. - dijo colocandose al lado mía.
-Yo no tengo nada que hablar contigo. Todo lo que tenía que decir, te lo dije en su día, en el juicio. Ahora, olvídate de mí y dejame pasar. - dije
-Pero soy tu padre, Claudia. - imterrumpió mi camino, poniéndose delante.
-Yo no tengo padre. - lo aparté para un lado y proseguí hasta llegas a mi casa. No me dijo nada más. Al llegar a mi casa, me apoyé en la puerta y me dejé resbalar. Hasta quedar sentada. Empecé a llorar al recordar los momentos más duros de mi infancia. Mi padre hizo de mi infancia, un infierno. Un largo camino de dolor, del cual, no veía el día en que ,por fin, encontrara el final. De mis ojos empezaron a salir más y más lágrimas, al recordar una de las escenas más duras que había vivido. Mi padre pegando a mi madre. Él tenía serios problemas con la bebida. Cada vez que bebía se volvía loco, según él, todo se volvía en su contra. Ese mismo día, traía unas copas de más. Cuando la llave entraba en la cerradura, mi cuerpo temblaba. Entró en mi casa y, se hizo el silencio. Llegó la tristeza. - ¿Por qué os callais cada vez que llego? - soltó las llaves en la mesa del pasillo. - Estábamos calladas de antes, Paco. - dijo mi madre, que estaba en la cocina. - Sí , ya. Calladas. - dijo. - Me ha llamado tu tutor, Claudia. - se acercó a mí. - Otro examen suspenso, ya van 4. - elevó la voz. Yo miraba para el suelo. - Mírame cuando te hablo. - dijo gritando. Al escuchar los gritos, vinó mi madre al salón. - Paco, no estás en condiciones para hablar de ese tema. Mañana tranquilamente, lo hablais. - lo cogió del brazo. - ¿Cómo que no estoy en condiciones? ¿Qué me estas llamando borracho? - se volvió hacia mi madre. Ella se calló. - ¿Qué si me estás llamando borracho? - la cogió fuertemente del brazo. - No, Paco, no. Y suéltame, que me haces daño – se liberó de él en un movimento brusco. Le dio una bofetada que la tiró al suelo. Me quedé inmóvil. - A mí no hables así – dijo golpeándola. “Para, para” decía llorando mi madre.Paró y se volvió a machar, pegandole porrazos a todo lo que se hallaba en su paso. Me acerqué a mi madre llorando y me puse de rodillas frente a ella. Puse su cabeza en mis piernas. Tenía varios moratones y sangre en el labio. La ayudé a incorporarse. Se quejaba. Le senté en el sofá y me quedé a la altura de sus piernas. No dijimos nada. Pero eso no acabá ahí. Otro momento que quedará marcado para siempre. Fue a los 16, cuando le dije a mis padre que me gustaban las mujeres. Al decirlo, mi padre empezó a dar voces por toda la casa. Maldiciendo todo. Me levanté y me fui a mi cuarto. Pero me cogió de la chaqueta …. - ¿Donde vas tu? - dijo quitandose el cinturon. No creía que fuera cierto lo que iba a hacer. Me empezó a dar con él en la espalda. A pesar de caerme al suelo, no paró. - Paco, Paco. - gritó mi madre viniendo hacia él y poniendose delante. - Pero, ¿Qué haces? Que es tu hija. - dijo llorando. - Yo no tengo hija. - se colocó el cinturón y se fue. Mi madre levantó mi camiseta, para ver como estaba. Rompió a llorar más aún, al verla. La tenía llena de arañazos y moratones, a causa de los golpes. Lo había pasado verdaderamente mal. A día de hoy, me sigue quedando una cicatriz en el costado derecho. Me levanté de donde estaba sentada, fui al baño. Me miré al espejo y me volví a derrumbar. En esos momentos me sentía como la persona más vulnerable del mundo. La más pequeña.

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