Empezó a sollozar. - Claudia, es
Miguel. Ha tenido un accidente y está muy grave. - Mi felicidad se
cayó al suelo, al igual que mi alma.
-¡¿Cómo?! Pero...¿Cuando? ¿Como
ha pasado? - me empecé a poner nerviosa. Las lágrimas empezaron a
brotar de mis ojos. No lo podía creer. Mi mejor amigo grave en el
hospital
-Ayer a la salida del trabajo. Iba
a abrir la puerta del coche y se lo llevó uno por delante. Lo
tuvieron que reanimar los médicos allí mismo, porque entró en
parada. - cada palabra que decía, era como un puñal que traspasaba
mi pecho. - Está en la UCI muy grave. --¿En qué hospital? - dije a toda velocidad.
-Santa Sofía. -
-Vale, voy para allá. - colgué y salí corriendo hasta el coche. Esta vez si cogí las llaves.
Me subí en el coche rapidamente y puse
dirección al hospital. Empecé a recordar todos los momentos vividos
con él. Nos conociamos desde los 11 años y ,ahora, se devatía
entre la vida y la muerte en un hospital. Las lágrimas no paraban de
salir de mis ojos. Iba lo más rápido posible, saltándome algún
que otro semáforo. Mis manos sudaban, a la vez que mis piernas
temblaban. Sonreí al recordar una anécdota de cuando estaba en el
instituto. Miguel tiene un hermano gemelo, Luis, y en un día de
examen se intercambiaron. Pero algunos profesores no son tontos, y se
dió cuenta de que no era Miguel, sino Luis. Como castigo les impuso
ir clase por clase con un cartel que decía “ Los hermanos gemelos
no se intercambian en los exámenes”. Que tiempos aquellos. Que
recuerdos aquellos. Al llegar a la UCI estaban fuera los padres, el
hermano y María. A mi amigo se le podía ver a través de un
cristal. Estaba lleno de cables, con un brazo y una pierna
escayolada, y un collarín puesto. Esa imagen se me quedará grabada
para siempre. La madre,cabizbaja, estaba sentada en el asiento junto
a Luis. El padre no quitaba la mirada del cristal y María apoyada en
la pared.
-Bueno días. - dije rompiendo ese
incómodo silencio. Todos me miraron. Menos el padre, que no
apartaba la mirada de su hijo. Me acerqué a la madre. - ¿Qué tal
está Miguel? - la cogí de la mano. Me llevaba muy bien con esa
familia.
-Todavía no ha despertado. - dijo Luis. La madre no podía hablar. - Los médicos dicen que podría despertar en 24 horas, o quizás en semanas, o meses, o años, o... - al oir esto la madre rompió a llorar. Me abracé a ella y me devolvió el abrazo, pero con más fuerza. Las dos llorábamos.
-Tenéis que ser fuertes, y estar preparados para todo. - dije sin soltarla. - Miguel es fuerte, siempre lo ha sido. Saldrá de está. Me separé de ella y me dirigí al padre. Pero, me paré en el camino. Miré a María, ella me miró también. Fui donde estaba y nos fundimos en un emotivo abrazo. Empezó a llorar. La abracé más fuerte. No dijimos nada. En ese momento sobraban las palabras. Me eché para detrás, la cogí de la cara y le di un beso en la frente. Sonrió tristemente.
Ahora sí, me dirigí al padre. Su
porte me impactaba bastante. Era un hombre muy elegante y con mucha
templanza. Aunque debajo de toda esa imagen, se escondía uno de los
corazones más grande que conocía. - ¿Cómo se encuentra, Enrique?
- le dije. Su mirada seguía fija en el cristal. - Se dió a la fuga.
Se dió a la fuga y lo dejó ahí tirado. Como un perro. - tardó en
contestar. Esa respuesta me impactó. - Los médicos dicen que le
puede quedar secuelas. Secuelas graves. Podría quedarse en una cama
para siempre. - una lágrima cayó por su rostro. - ¿Por qué le
ocurre esto a él? Un buen chico, un buen estudiante, un buen hijo,
amigo de sus amigos. Ha luchado siempre por lo que ha querido y
ahora....mírale. La vida le está echando un pulso. Un pulso del que
estoy seguro que él saldrá ganando. - hablaba muy calmado. Siempre
encontraba las mejores palabras para todo.
-Estoy segura que sí. Le queda
muchas cosas por hacer todavía. Muchas cosas por hacer y muchas
cosas por vivir. Ya verá como sí. - Nos quedamos los mirando
fijamente el cristal. Cristal que tantos sollozos y rezos habría
escuchado de los familiares de las personas que habían pasado por
allí.
-Voy a la cafetería, ¿Queréis
algo? - dijo Luis levantándose.-Traeme un tila. - dijo la madre. María y yo negamos con la cabeza. Y Enrique no quería otra cosa que mirar a su hijo.
Me senté al lado de la madre. Sacó un
rosario del bolsillo de su chaquetón y se lo puso entre las manos.
Empezó a rezar en voz baja. Le hice un gesto a María para que se
sentara a mi lado. Estaría muy cansada. No lo pensó, y vino a mi
lado. Se echó en mi hombro. Al hacer eso, la imagen de Malú se me
vino a la cabeza. ¡Malú! Hoy mismo se iba a México. Se me había
olvidado por completo. Saqué mi móvil y le mandé un whatsapp. “
Hola, amor. ¿Has llegado ya?”. No me conestó hasta pasados 10
minutos. “Sí, acabo de bajarme del avión. ¿Qué tal estás?”.
No sabía que responderle. No quería mentirle, ya que la confianza
es la base de la pareja, pero tampoco quería preocuparla. Jolín,
que dilema. “En el hospital. Un amigo ha sufrido un accidente y
está muy grave”. Le dije la verdad. “¿Cómo está él? ¿Y tú?”
Se empezó a preocupar. - Aquí tienes mamá. - llegó Luis y le dió
la tila. No levanté la vista del móvil. “Él mal, y
yo,aquí,esperando respuesta”. “Como desearía estar ahí contigo
para animarte, mi amor. Te tengo que dejar, en cuanto pueda te llamo,
¿Vale? Muchos ánimos. Te quiero” En estos momentos necesitaba un
abrazo suyo. Necesitaba su calor. Su olor. La necesitaba a ella.
“Vale mi amor, ten cuidado. Te quiero” El móvil se iba a apagar
en breve. No me dio tiempo a cargalo mucho. Lo guardé en el
bolsillo. Eché la cabeza para detrás y volví a clavar la vista en
ese inmenso cristal. Volví a clavar la vista en mi amigo.
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