lunes, 3 de marzo de 2014

Capítulo 4. Y si fuera ella.


  • -Buenas – dijo con una sonrisa. Estaba vestida muy parecida a mí : vaqueros, camiseta, chaqueta y botas. Llevaba el pelo suelto y unas gafas que escondía una radiante mirada. Se las quitó al saludarme.
    -Hola, ¿ Qué tal ? - pregunté 
    -Bien, bien. ¿ Nos vamos ? -
    -Sí, claro – dije saliendo y cerrando la puerta.
Cogimos el ascensor hasta llegar a la planta baja. Vivía en un 5º y no era plan de bajar cinco pisos con lo cansaba que estaba. Aunque a ella no le hubiese importado, o más bien, no las hubiera notado porque con las palizas que se pegará en el gimnasio, no le hubiese sabido a nada cinco pisos. - Ay, Dios – dije al llegar al portal. Me dirigí de nuevo al ascensor, esta vez corriendo. Frente a la atónita mirada de Malú. - ¿ Qué pasa ? - Se acercó a mí. Al meterme las manos en los bolsillos, noté que había un vacío. Era muy extraño, porque ahí siempre guardaba.... !!! Las llaves ¡¡¡ - Me parece que me he olvidado dentro de las llaves – dije con las manos en la cabeza. Que cabeza la mía. Normal, al verla a ella, me olvidé de todo. Y al olvidarme de todo, me olvidé las llaves encima de la mesa. - ¿ Qué dices ? - Emití un bufido al meterme en el ascensor. Ella se subió conmigo. Lo había estropeado todo. Una tarde que podría ser perfecta, con la mujer que había admirado durante toda mi vida, tirada al garete por unas llaves. Pero, ¿ Para qué subía ? Si se me habian olvidado dentro, daba igual si subiese o no, que las llaves no se iban a mover de sitio. - Pero, Claudia. No sirve de nada que hayamos subido, las llaves siguen dentro – me había leído la mente. Hasta un niño chico se hubiera dado cuenta de que subir no hubiera servido para nada. Pero con los nervios que tenía, no podía pensar.

-Y, ¿ No tienes a nadie que tenga una copia ? -
-Sí, mis padres tienen una, pero su casa está un poco retirada de aquí – dije mirando al suelo.
-No pasa nada, vamos para allá – me cogió del brazo y nos dirigimos de nuevo al ascensor.
-Jolin, vaya fallo, tío – pensé en alto. Rompiendo el silencio.
-Mujer, no pasa nada todos cometemos fallos, no te preocupes – dijo pasando su brazo por mi hombro, apretándolo con fuerza. Me puse más neviosa aún. Le sonreí, devolviéndome otra más grande si cabía la posibilidad.
Callejeamos un poco hasta llegar a la casa de mis padres. Era un tranquilo bloque de pisos de tan solo 4 plantas. Ellos vivían en un 2º, asi que, subimos por las escaleras. Me bebía los escalones de dos en dos. Temía caerme, pero poco me importaba, quería llegar cuanto antes y pedirles las llaves. Rezaba para que estuvieran en casa. Llamé al timbre. Nadie respondía. A los diez segundos volví a llamar, obtuviendo el mismo resultado. No había nadie. Esta era la guinda del pastel. - ¿ Qué hacemos ? ¿ No tienes a nadie más ? - dijo ella. - No, ya no tengo a nadie más - . Empezó a andar por el descansillo, era bastante amplio. Andaba con las manos para detrás y con la cabeza para abajo, cual profesor se pasea en un examen. Parecía que estaba intentando buscar una solución.

-Vale, hagamos una cosa – me agarró de los bazos y clavó su mirada en la mía. - Ya que no tienes llaves, y ahora no hay nadie que las tenga. Y como yo no voy a dejar que duermas en la calle, pasas la noche en mi casa. - Me quedé paralizada. ¿ Había oído bien ? ¿ Pasar la noche en casa de Malú ?
-No, no Malú. Te lo agradezco pero no. No quiero ser ninguna molestia. Ya buscaré dónde quedarme, tranquila -
-Vale, decidido. Te quedas en mi casa. - No le importó mi respuesta.
-Que no, en serio. Que ya buscaré algo -
-He dicho que te quedas en mi casa y te quedas en mi casa, ¿ Vale ? - puso una mirada que me dio miedo.
-Vale, vale “jefa” - reímos las dos ante mi respuesta.

Pasamos una tarde estupenda. Dimos un largo paseo por el parque, un parque al cual nunca había ido. El sol le daba en la cara, haciendo que se le pusiera los mofletes rojos. Me entraban ganas de cogerlos y estrujarlos. Le estuve contando cosas de mí, anécdotas de mi niñez. Le conté desde cuando tenía esa admiración por ella. Se puso más colorada de lo que estaba al oir tantos elogios. -Para, para. Que al final me lo creo – rió. Ella me contó cosas de sus nuevos conciertos, su nueva gira, nuevas cosas que quería incluir en el nuevo disco. También me contó algunas anécdotas de cuando veraneaba en El Rinconcillo. Me hacía muchas gracia como las contaba porque hacía muchos movimientos. No podía apartar mis ojos de ella. Después de esa larga caminata fuimos a tomar algo a un bar cercano al parque. Nos sentamos lo más profundo posible para evitar que la reconociesen. Pedimos un par de cervezas y un plato de jamón ibérico. - Lo siento, pero no aguanto más. Me muero de hambre. - dijo mientras cogía un trozo. Reí. Cenamos allí, ya que recorrernos el parque de cabo a rabo abrió nuestro apetito. - Bueno, a medias, ¿No? - saqué el monedero. - No, a esta invito yo – dijo sacando el suyo. - Ah! No! De eso nada. Me quedo en tu casa a dormir, y encima ¿Quieres pagar la cena? No. - dije. - Sí, sí. “Por fis”, déjame – entrelazó los dedos haciendo pucheros. No podía hacer nada respecto a eso. Ver a Malú haciendo pucheritos traspasó mi corazón. - Tú ganas, pero te debo una cena, que te quede claro – dije con el dedo índice hacia arriba. Salimos del bar y nos fuimos para su casa. Al entrar, su olor llenó por completo mi interior. Olía tan bien como ella.

-Este piso no lo utilizo mucho, solo para cuando tengo alguna entrevista o evento. Así que, lo siento si está desordenado – se disculpó.
-No te disculpes, está perfecto. - dije quitándome la chaqueta y sentándome en el sofá.
-Pon te cómoda, eh. - estaba en la cocina. - Vino, ¿No?
-Vale, aunque mezclar cerveza y vino no es muy buena idea, ¿No? -
-Bah! Un día es un día. Ah! La botella que te debo – traía dos copas en una mano y la botella en la otra. - Haz los honores – se quitó las botas y se sentó en “indio”
-Que bonitos calcetines – eché vino en su copa.
-¿A que si? Son muy cuquis. - sacó un pie y me lo enseñó, mientras yo echaba vino en la mía.

Me lo estaba pasando en grande. A la botella ya se le veía el fondo. Y las primeras risas empezaron. - Estoy muerta hoy – dijo riéndose. Se echó en mi hombro. Mi corazón empezó a bombear más sangre de lo normal. - Pues pon te cómoda, es tu casa – bebí un sorbo más. - Ya lo estoy - . De repente, levantó su mirada. Yo al ver que me miraba, la miré. Nos miramos durante unos segundos. Levantó un poco más la cabeza, hasta quedar a 1cm de distancia. Podía escuchar los latidos de su corazón. Posó sus labios suavemente en los mios. Un segundo beso llegó, y con este, un tercero. Hasta que nuestros labios fueron uno solo. Mi mano se perdió en su pelo, al igual que yo en sus besos. Se volvió a echar en mi hombro y así nos quedamos dormidas. Ella en mí y yo en ella.

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